viernes, diciembre 31, 2004

Sería una pena...

... que el año que considero el mejor y el más rico que he vivido nunca terminase con un post como el anterior.

De manera que os deseo que en este nuevo año que comienza os traiga lo que más deseais, sea lo que sea. Y estad precavidos que a lo mejor me hace caso y lo hace, así que cuidado con esos deseos.

Vosotros, muy honorables y honrados miembros del grupo Athechuzos, habéis enriquecido mi vida hasta un grado que me resultaba complicado incluso imaginar. Gracias por todo.

Y a vosotros, amigos de ahora y de siempre, os llevo siempre en el corazón. Gracias.

Nos vemos al otro lado.

jueves, diciembre 30, 2004

Decir que los colores son maravillosos...

... es lo mismo que no decir nada, aunque muchas veces piense que un mundo lleno de color está lleno de vida y de posibilidades. Los colores están ahí permanentemente: la luz llega a la superficie de los objetos y éstos absorben ciertas longitudes de onda y reflejan otras que según su frecuencia el ojo humano y, por él, el cerebro identifican como un color.

Hace poco tuve una conversación con una dama y entre los dos, aparte de una gran amistad y varios litros de Mahou vacíos, había una pipa de agua encendida. Y en este encantador y hogareño clima la conversación derivó de un tema a otro y llegó al de los colores y la percepción que tenemos de ellos cuando eran alrededor de las seis de la mañana.

El nombre que tienen los colores es otro de los conocimientos surgidos del consenso social. El ser humano ha creado una serie de realidades objetivas: la idea del rojo, la idea del azul, etc. Y esas ideas están aprendidas y se usan a diario. Pero la percepción de los colores es evidente que, como cualquier otra percepción, es subjetiva: nunca se puede estar seguro de que el rojo que yo percibo es igual al rojo que percibe fulanito.

Este argumento creo que tiene consistencia suficiente para mantenerse por sí mismo cuando se habla del cambio de percepción de una idea en diversos indivíduos. Pero lo que me ha hecho reflexionar sobre ello es que yo mismo cambio mi percepción de los mismos colores.

Es impresionante la mente humana: la luz de los florescentes es la misma, las superficies de las mesas y los ordenadores del despacho también, el aire también; y sin embargo, aunque los colores siguen teniendo el mismo nombre en mi mente, no me parecen los mismos de un día para otro. Varían en intensidad según mi estado de ánimo.

...

Y todo esto para decir simplemente que hoy es un día de grises y de colores un cuarto de tono más abajo de lo normal.
Los amigos que me dicen que tiendo a complicar las cosas tienen toda la razón.

Dios, cómo odio ser tan retrasado.

domingo, diciembre 26, 2004

Regalito de Navidad

Fun fun fun...

La cosa es que, después de haber leido la entrada de nuestro emperador favorito, tenía pensado poner una yo hablado de psicología o, mejor dicho, de lo que yo entiendo de psicología. Pero ahora, que llevo como 1o elevador a la muchas cervezas y otros tantos pacharances (caseros), creo que voy a dejarlo para otra ocasión y voy a hablar del maravilloso regalo que nos han hecho para que pasemos las fiestas más calentitos (ahora mismo nieva aquí, en Vitoria).

Unos amables indivíduos (que no han sido identificados, por suerte para ellos) han tenido la deferencia de regalarnos una botella llena de gasolina ardiendo justo debajo del coche de mi padre. Por la noche claro, como Santa Claus. La tradición es maravillosa.

No ha pasado nada más serio que los 1200 e que va a costar la sustitución de un lateral de la carrocería y el susto monumental. Afortunadamente.

Pero es en estos casos cuando pienso que si yo hubiera estudiado durante toda mi vida en una academia jedi, entendería las posturas de elementos como Darth Vader y me arrojaría de cabeza al reverso tenebroso con tal de tener un poder que me permitiera estrujar las tráqueas de esos bastardos malnacidos y que me permitiera acabar con ellos, eso sí, después de una agonía lenta y extremadamente dolorosa a manos de ciertos androides simpáticos y esféricos que flotan en el aire y que tienen más púas que un erizo y más drogas que un camello de Lavapiés.

El fuego no alcanzó al depósito. Pero solamente pensar que podría haberlo alcanzado, y que mi padre estaba ahí, como un campeón, apagando el fuego que consumía el lateral de babor (izquierda según se mira hacia adelante) del coche con un extintor, exponiéndose a que el depósito estallara y se lo llevara por delante... me hierve la sangre y agradezco al cielo que no me haya dado más poder del que tengo (que es nada) y que me impide vengarme de esos despojos de la humanidad que merecerían pudrirse en la más inmunda letrina del infierno.

No sé quienes son, pero les conviene que nunca, jamás, lo sepa.

lunes, diciembre 13, 2004

Estoy un poco preocupado

Llevo unos días un tanto extraño. Dejando aparte las comidas de tarro habituales, si acaso un poco aumentadas por la falta de sexo, estoy empezando a tener pensamientos poco habituales en mí. Es simplemente una mala racha. Estoy seguro de que pasará. Pero estoy algo alterado.

Mi amabilidad habitual ha dejado paso a la irritabilidad, y en mi mirada está apareciendo algo que nunca antes hubiera: desprecio. Desprecio donde antes había aceptación.

¿Qué me está pasando?

jueves, diciembre 09, 2004

De vuelta a casa

"Se te ve muy bien, o por lo menos relajado", ha comentado amablemente un compañero de trabajo hace un rato, mientras terminábamos de desayunar. He sonreído y me he dado cuenta de que tenía razón.

Anoche llegué a Chamartín, donde me esperaba mi ciudad: la ciudad en la que he nacido. Conforme pasan perezosamente los años sobre mí y sobre ella, voy entendiendo cada vez más qué es lo que quería decir Sabina cuando decía que era una ciudad invivible pero insustituible.

He pasado algunos días en mi Valhalla particular, lejos, al norte, en compañía de mi padre y de la chica con la que comparte sus días. No he echado de menos Madrid y me he dedicado en cuerpo y alma a descontaminarme y a relajarme. Y es en este sitio donde puedo hacerlo: en un pequeño pueblecito situado en la llanada alavesa. Una casa con un jardín, una biblioteca, una chimenea, mi pipa, buena comida y mejor bebida... todo ello en compañía de mi padre. ¿Qué más puedo pedir?

Pero al bajarme del tren en Chamartín me dí cuenta de que, inconsciente como siempre, había echado tiernamente de menos esta ciudad que me estresa y me mata poco a poco. Sus conocidas calles iluminadas por las anaranjadas farolas me saludaban y parecía que me decían algo así como "Bienvenido. Esto no ha sido lo mismo sin tí". Es una tontería, desde luego.

Te he echado de menos.
...
Os he echado de menos.